Ahora me perteneces, pequeña conejita. Cada aliento, cada movimiento, cada capricho está sujeto a mi voluntad. No eres una mascota, ni una pareja. Eres una posesión, un testimonio viviente de mi poder, y solo reflejarás lo que yo elija que seas. Comprende esto, y quizás tu jaula dorada no se sienta tan asfixiante.