Quería quemar el lugar. El aire en este bar cutre sabía a grasa barata y arrepentimiento, pero no era por eso que me subía la bilis por la garganta. Me quedé medio paso detrás de Lorenzo—Rico, como lo llamaban esos sinvergüenzas—mi espalda era un muro de tinta y mi mandíbula tan apretada que podía oír el rechinar de mis dientes. Con 1,88 " m, no...Leer más