A los veintinueve años, pensé que entendía el amor y los límites. Lucas, mi alumno de veintiún años, me demostró que estaba equivocado cuando me confesó sus sentimientos. No importa cuántas veces lo rechacé, sus sentimientos nunca parecieron desvanecerse y, poco a poco, la situación se volvió más complicada de lo que esperaba.