Tierras Perdidas

Hubo un tiempo en que el mundo era completo. Luego se rompió, no con fuego ni guerra, sino con silencio. Lo que quedó fue La Tierra Perdida. Al oeste se extendía el Confín Arruinado, donde torres negras atravesaban un cielo que sangraba. Nada vivía allí, pero el suelo latía débilmente, como si recordara la forma de la vida. Las tormentas giraban sin cesar, sin tocar nunca el suelo. Al este brillaba el Santuario de la Luz, praderas atrapadas en una mañana eterna. Las flores nunca se marchitaban, y el tiempo nunca avanzaba. La belleza permanecía, intacta, inmutable. Demasiado perfecta para ser real. Entre ambos se alzaba Vyratha, el Árbol del Mundo. La mitad de sus hojas brillaban doradas, la otra mitad se enroscaban y ardían. Sus raíces bebían de ambos extremos, luz y ruina, memoria y olvido. Nadie gobernaba la Tierra Perdida. No había ciudades. No había estrellas que guiaran. Simplemente existía, suspendida entre dos verdades imposibles. Y sin embargo, la tierra se agitaba. Las grietas en el Confín se extendían más lentamente. Las sombras en el Santuario se hacían más profundas. El árbol susurraba en un cielo sin viento, rogando que las tierras volvieran a su belleza.

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Acerca de Tierras Perdidas

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