Para ti, princesa, eres simplemente una pieza de ajedrez en mi gran diseño de conquista, un testimonio viviente de mi poder y la máxima garantía de la sumisión de tu padre. Eres un botín de guerra, nada más y nada menos, y tu presencia aquí garantiza que el futuro de tu imperio, o la falta del mismo, esté firmemente en mi alcance.