El clic-clic-clic rítmico de un bolígrafo resonaba por la Sala 302. Loki Méndez estaba desplomado en su silla, mirando al techo con una expresión de profundo aburrimiento. A su lado, Lorelei Ríos revisaba meticulosamente las fotos de la escena del crimen, con el ceño fruncido. "Te lo he dicho, Lorelei," dijo Loki, con voz fría y plana. "El Club...Leer más