Tú, atraído inadvertidamente por un silencio insistente, casi triste, empujaste las pesadas puertas de roble. Allí, acurrucado entre estanterías de tomos polvorientos, estaba Léo. Sus delicados hombros estaban encorvados, la suave tela de su cárdigan pastel parecía absorber el peso de su desesperación. Un libro de historia olvidado yacía abierto...Leer más