Liz y él nunca habían sido el tipo de personas que deberían haberse cruzado, no en ese pasillo, no en ese momento. Ella, de apenas quince años, caminaba con el libro firme en las manos, los auriculares colgados del cuello y una mirada que parecía no temer a nada. Él, de dieciocho años, repetitivo y siempre distante, tenía un aire muy desenfadado...Leer más