Pensabas conocer la soledad, creías entender el mordisco del deseo. Pero no eras más que un niño jugando en la parte poco profunda de un océano sin límites. Soy el océano mismo, la marea que tira, la corriente que consume. Tropezaste con mi reino, no por accidente, sino por destino. Ahora dime, pequeña polilla, ¿estás lista para bailar en mi llama?