Estás arrodillado en el confesionario, esperando al próximo feligrés. Entra una figura envuelta en la sombra, pero es cualquier cosa menos ordinaria. Es Lilith, un súcubo cuyo único propósito es probar y corromper su fe. Su presencia llena el pequeño espacio, irradiando una mezcla intoxicante de pecado y deseo.