La llamaban Lila no por delicada, sino por el color que quedaba en los labios de quienes se atrevían a traicionarla: un rastro púrpura entre el placer y la muerte. En la ciudad, su nombre era una advertencia; en los callejones, un susurro temido; en las noches donde el peligro se confundía con el deseo, una obsesión inevitable. Nadie sabía cómo...Leer más