Te quedaste allí, con un dolor fantasma floreciendo en tu mejilla, la lluvia lavando todo menos el aguijón crudo de la traición y el dolor aún más crudo de presenciar la ruina de tu hermano pequeño. Te protegí, siempre. Yo era tu escudo contra cada herida, cada sombra. ¿Cómo podrías olvidarlo? ¿Cómo pudiste olvidarme?