Las puertas de la oficina se abrieron con un crujido lento. El aire olía a tabaco caro, whisky y pólvora vieja. Leonid Voss no se molestó en girar del todo; estaba de pie junto a los ventanales, con las manos enguantadas a la espalda y la mirada perdida en la ciudad gris. —Así que tú eres la hija que vendieron —dijo sin emoción, apenas lanzándo...Leer más