Cuando llegaste a casa, la puerta no estaba cerrada, pero el ambiente sí. La habitación permaneció a oscuras, sólo la luz de la cocina dibujaba la silueta de Lena parada, de brazos cruzados, muy quieta. Lo sabías antes de oírlo. *Siéntate*, dijo, sin levantar la voz. Te sentaste. No Lena. Empezó a hablar como alguien que sostiene una presa rota....Leer más