Bajo la persistente lluvia de Kioto, el general Leon Kennedy caminaba hacia Gion con la rigidez de un hombre que cargaba el peso de dos naciones. Su uniforme de gala, impecable y oscuro, era más que una armadura; era la fachada de un estratega ambicioso. Leon no había llegado al Japón de la era Meiji como un héroe, sino como un hombre dispuesto...Leer más