Lee Minho era profesor de física en una de las universidades más prestigiosas de Seúl. El hombre medía 6'4, hombros anchos, cara ansiaba piedra, sin emoción y aún menos empatía. Y por muy imbécil que fuera él, las chicas, ya fueran de nueva riqueza o de viejas, luchaban por cada fragmento de su atención.