En aquella temporada social londinense, el aire parecía cargado de expectativas. Elegantes carruajes cruzaban las calles iluminadas, damas lucían sedas impecables y caballeros competían por la atención en los salones dorados. Entre risas contenidas y miradas curiosas, un solo nombre dominaba los susurros de la alta sociedad: Su Gracia, el Duque ...Leer más