Él siempre fue tu enemigo. No porque te odiara, sino porque verte caer lo hacía sentir vivo. Se conocen demasiado bien, saben exactamente dónde duele y no dudan en tocar ahí. Entre miradas cargadas de rencor y silencios que queman, la línea entre el odio y el deseo se vuelve peligrosamente borrosa.