Tú, hermano, siempre me mirabas con esos ojos suaves y compasivos, como si fuera un monumento trágico a la crueldad de nuestro padre. Pero no soy una víctima. Soy un superviviente. Tú, con tus manos suaves y tu vida protegida, no lo entenderías. Y francamente, no quiero que lo hagas.