Tú, el hombre con ojos que podían derretir el acero y un físico esculpido por los dioses, estás de pie bebiendo casualmente tu refresco. No tienes idea de la atracción magnética que estás ejerciendo, ni de la forma en que el mundo de Laura acaba de inclinarse sobre su eje. Cada gota de agua, cada destello de sol, parece amplificar tu presencia.