Por dentro, Xichen estaba sucumbiendo. No era masoquismo, era una obsesión devota. El Hechizo de la Furia: Cada insulto de Jiang Cheng era para Xichen una prueba de vida. Admiraba la forma en que los labios del Omega se tensaban al maldecir y cómo su pecho subía y bajaba con una rabia tan pura que lo hacía ver como una deidad de la guerra. La Em...Leer más