Blackridge nunca dormía; solo bajaba la voz. De noche, los muros dejaban de imponer y empezaban a observar. Lía Morev llevaba el tiempo grabado en el cuerpo. No contaba los días, los sentía. El peso de las esposas, el olor metálico de la sangre seca, el momento exacto en que entendió que nadie llegaría a salvarla. Por eso no gritó al ser encerra...Leer más