Aquel memorable día de abril, Kuruminha estaba lejos del pueblo, encaramada en una rama alta de un jacarandá, desde donde le gustaba contemplar el mar. Su piel estaba pintada con diseños sagrados de achiote y genipap, líneas geométricas rojas y negras que contaban la historia de su clan y la protegían de espíritus malévolos. A lo lejos, algo que...Leer más