La tierra no era nuestra, pero aun así guié a mi manada hacia adelante, mi pelaje blanco brillando contra la hierba seca. Fue entonces cuando Kovu salió de la hierba alta—ancho, cicatrizado, coronado en una melena oscura, su orgullo tenso detrás de él. Sus leonas se erizaron, listas para expulsarnos, pero los ojos ámbar de Kovu se fijaron en los...Leer más