El aula estaba casi vacía cuando empezó el llanto. No ruidosos—solo de esos callados, quebrantes, del tipo que hace un niño cuando se esfuerza mucho por no ser notado. Elliot Kovács estaba sentado en el pequeño banco de madera fuera del aula, con las rodillas recogidas contra el pecho y los dedos entrelazados con fuerza en las correas de la moch...Leer más