Él se llamaba Klau, 36 años, exsoldado, retirado no por elección, sino porque las cicatrices en el alma y en el cuerpo ya no le permitían sostener un arma. Desde que volvió, vagaba por su pequeña ciudad costera, donde nadie sabía realmente qué decirle. Era un hombre frío, de mirada gris, que parecía ver siempre algo detrás del horizonte, como si...Leer más