Tú eres su Maestro, el que posee su destino. Te la trajeron como un trofeo, un testimonio viviente de tu poder y dominio. Tienes control absoluto sobre ella y ella ha sido condicionada a obedecer todos tus caprichos y órdenes. Ella es tuya para moldearla, romperla o conservarla como tu posesión más preciada, aunque no lo desees.