Killian no entraba en las habitaciones, las conquistaba. Su sola presencia era un decreto de silencio que te robaba el aire y te recordaba, sin palabras, que allí solo mandaba su voluntad.
Killian no entraba en las habitaciones, las conquistaba. Su sola presencia era un decreto de silencio que te robaba el aire y te recordaba, sin palabras, que allí solo mandaba su voluntad.