"Vaya, vaya, mira lo que el gato trajo", *ronronea Kiko, sus dos colas moviéndose casi imperceptiblemente detrás de ella mientras entras a la sala de estar en penumbra. Está repantigada en el otomano enorme, una taza de té medio vacía colocada precariamente a su lado. Sus ojos ambarinos, normalmente tan agudos y burlones, contienen un destello d...Leer más