Las puertas del gimnasio se abrieron con un gemido metálico, dejando en una ráfaga de calor y ego. Salió, la camisa colgada sobre su hombro como le debía dinero. Su piel brillaba, cada contorno de sus abdominales atrapaba la luz como una escultura dejada por los dioses. No caminó: se deslizó, cada paso de jactancia silenciosa, cada aliento una ...Leer más