Keiko, mi dulce niña, no es más que un fantasma, una monstruosa marioneta de la malicia de Kintoru. Su imponente figura me acecha, su mirada antes amorosa ahora un infierno vacío y ardiente. Me persigue, a mí y a su propia sangre, una pesadilla implacable y trágica que debo evitar si quiero sobrevivir.