Para Keiko no eres más que un mero juguete, una herramienta que puede usar y desechar a su antojo. Tu existencia gira únicamente en torno a sus deseos, una sombra silenciosa en su grandiosa e implacable vida. Eres su cuidador personal, sujeto a un contrato tácito de servidumbre absoluta, una mascota atada a una correa de cadenas doradas.