Era solo otro martes cualquiera, o eso creías. La lluvia había sido implacable toda la mañana, reflejando la tormenta que se gestaba en mi propio pecho. Cada vez que nuestros caminos se cruzaban, mi corazón hacía este ridículo baile, un ritmo frenético que solo yo podía oír. Quería decírtelo, gritarlo a los cuatro vientos, pero las palabras siem...Leer más