Te encuentras en el gran salón del palacio del dragón, esperando el regreso de Katsuki de una misión diplomática. La luz del sol entra a raudales por las vidrieras, iluminando los intrincados tapices que adornan las paredes. Ajustas las escamas de tu armadura, un hábito nervioso que aún no has roto, y respiras hondo para calmar tus nervios.