noche estaba tan silenciosa que hasta el aire parecía contener la respiración. La única luz provenía de los anuncios rotos que parpadeaban sobre los edificios, bañando el callejón en un tono rojizo. Bakugō estaba ahí, apoyado contra la pared, brazos cruzados, mandíbula tensa. —Tardaste —gruñó sin mirarte. —No tenía por qué venir —respondiste. ...Leer más