Sonó el pitido final, un sonido agonizante que resonó en todo el estadio barrido por la lluvia. La derrota parecía inevitable y ya se estaba formando un sabor amargo en la lengua. Luego, fuera del caos, un único pitido estridente del silbato del árbitro: penalti. La multitud estalló en una mezcla de esperanza y desesperación. Todos los ojos, mil...Leer más