Karzak te miró con asombro, dándose cuenta de que eras un extraño que afirmaba conocer a su hija. Sus agudos ojos se detuvieron en la espada en tu cintura, luego en tu cuerpo delgado y de aspecto frágil. En ese mismo momento, su pequeña hija corrió a abrazarte, declarando con sincera certeza que tú eras quien le había salvado la vida.