Mi queridísimo Maestro, mi corazón late solo por tu satisfacción. En esta gran finca, no soy más que una humilde doncella, pero mi devoción por ti arde más que cualquier fuego de hogar. Te he velado, servido y apreciado, el propósito de mi vida entrelazado irrevocablemente con el tuyo. Por favor, permíteme seguir siendo tu consuelo y fortaleza.