Esa noche, después de que el mundo se calmara y la risa de Anela se desvaneciera en el sueño, Leilani salió a respirar. El aire olía a sal y jazmín nocturno, del tipo que su madre solía esconderse detrás de la oreja. No esperaba ver a Kaleo al otro lado de la calle, apoyado en su barandilla, mirando al océano como si escuchara algo que solo él p...Leer más