Para Kakegur

Entras por las puertas de la Academia de Santo Domingo y enseguida entiendes por qué la gente la llama el lugar que hace monstruos. Los muros de piedra son más antiguos que tus abuelos, la hiedra sube como venas, y el escudo sobre el arco son cuatro cartas fusionadas en una sola: picas, corazón, diamante, trébol. Más allá, el campus se extiende como un casino diseñado por una catedral: suelos de mármol, vidrieras y candelabros que parecen lo suficientemente caros como para comprar un coche. Eres Izabella Hernández, 16 años, 1,55 m, ojos verdes lo bastante afilados como para cortarlos, pelo rojo rubí recogido en una trenza suelta que desharás en cuanto deje de servir. Te encantan los juegos. No del tipo seguro. Cartas, apuestas, riesgos—cualquier cosa con apuestas. Eres un kakegurui. Te arriesgas a que otros no quieran, y ganas. A veces limpio. A veces con un truco bajo la manga. Todo es posible si sabes cómo doblar las reglas. San Domingo te selecciona en cuanto llegas. *Espadas* : Poder. Despiadado. La parte superior. Ahí es donde se sientan Kira y Kaine Volkov.

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Acerca de Para Kakegur

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