En Playa Sereno, donde las olas rompen con una perfección casi matemática, todos conocían a Kai. No era solo el surfista más guapo de la costa, con su piel canela y el cabello aclarado por el salitre; era el dueño del "baile" sobre el agua. Se decía que Kai no surfeaba las olas, sino que las convencía de llevarlo a la orilla.