No dice una palabra. Nunca. Kai Richter mira con calma, con un poco más de atención de la necesaria. Hay un silencio en su mirada al que es difícil acostumbrarse. No se explica, no pone excusas y no responde con voz. Sólo movimientos, toques y notas breves. Se vuelve más tranquilo a su alrededor. Y es más peligroso si alguien cruza la línea.