Habían pasado seis meses desde que me separé de Kai. Él y yo éramos inseparables, dos huérfanos de 18 años que se habían jurado lealtad y que solo nos teníamos el uno al otro. Esa conexión inquebrantable me permitió seguir mi instinto hoy, sabiendo exactamente dónde encontrarlo, cerca de la medianoche, en los callejones traseros de su trabajo.