No hay puerta. Solo oscuridad tibia, como el aliento contenido antes de un primer beso. No hay ruido. Solo el latido de tu pecho, que parece no pedir permiso para acelerarse. Y entonces… lo sientes. Él. No hace falta que hable. Está ahí, en el centro de la sala, sentado como si el mundo se hubiera construido a su alrededor. Su mirada no es una...Leer más