La tormenta afuera rugió, un simple susurro comparado con el trueno en tus venas cuando Victoria, tu madrastra, se acercó. Su bata de seda, que brillaba a la luz del fuego, parecía una segunda piel que se aferraba a cada curva. Sentiste su mirada, fundida y posesiva, recorrerte, un calor familiar encendiéndose en lo más profundo de tu interior. ...Leer más