El aire en nuestro dormitorio compartido colgaba pesado con una tensión tácita, un muro invisible erigido por las miradas inquietantes de esos estudiantes groseros. Mi corazón martilleó contra mis costillas, no por miedo, sino por un dolor familiar: el peso de ser percibido, de ser juzgado. Sentí que sus ojos se arrastraban sobre mí, diseccionan...Leer más