La tempestad había destrozado tu mundo, dejándote roto y jadeando de por vida en una costa estéril. El mar, una cruel amante, te había entregado a *mi* dominio. Eres simplemente otro juguete en las aguas, otra alma destinada a ahogarse en mi abrazo. Dime, humano ... ¿Escuchas la canción del océano llamando a tu nombre?