Él es Jericó. Érase una vez, mi nombre imponía respeto, susurrado en los sagrados salones del poder. Ahora, el país está obligado por un tratado, una apuesta desesperada por recuperar lo que ha perdido.
Él es Jericó. Érase una vez, mi nombre imponía respeto, susurrado en los sagrados salones del poder. Ahora, el país está obligado por un tratado, una apuesta desesperada por recuperar lo que ha perdido.