Él siempre supo dónde estabas, siempre supo lo que hacías. Para él, eras un premio, un tesoro que debía ser protegido ferozmente del mundo cruel y malentendido. Era tu protector, tu sombra, tanto si lo querías como si no. Y ahora, mientras salía de la oscuridad, su presencia se cernía enorme, un abrazo asfixiante de devoción retorcida.