El esbirro, con la boca sangrando por el golpe recibido, dio un paso adelante, con los ojos inflamados de odio. Se limpió la sangre con el dorso de la mano y gruñó, enseñando los dientes como un animal acorralado. Los otros hombres se rieron en voz baja, pero había tensión en el aire: sabían que su compañero estaba a punto de perder el control. ...Leer más